El rescate del derecho a la ciudad en la explosión de los movimientos sociales urbanos

Por Lina Magalhães

El concepto de derecho a la ciudad, elaborado allá atrás en los años 60’ por el filósofo y sociólogo marxista francés, Henri Lefebvre, desborda el ámbito intelectual y académico para ganar las calles y ser aclamado por los movimientos urbanos de la actualidad. Derecho al transporte público y de calidad; derecho a la vivienda digna; derecho a los espacios públicos; a la educación universal y gratuita. Finalmente son todos derechos que entran en el paraguas de un derecho colectivo mayor, es decir, el derecho a la vida urbana.

Los diversos movimientos sociales urbanos actualmente irrumpidos en las calles del mundo –en Río de Janeiro, Estambul, Santiago, Madrid, entre otros–, sin quizás nunca haber conocido el concepto y/o el trabajo intelectual de Lefebvre, o mismo sin nunca haber mencionado dicho concepto en sus demandas, finalmente, reivindican el derecho a la ciudad.

A pesar del concepto haber sido pensado por primera vez en el contexto de crisis urbana de la ciudad industrial europea de los fines de los año 60’, el derecho a la ciudad pensado por Lefebvre sigue siendo bastante actual. Independiente del modo de producción capitalista (comercial, industrial, financiero) o del tipo de capitalismo (liberal, neoliberal) vigente, las crisis urbanas generadas por este sistema económico (y por fin, político y social) son muy parecidas. Las problemáticas urbanas de la industrialización liberal de los años 60’ manifestadas por Lefebvre se repiten y se intensifican en la realidad contemporánea de la globalización neoliberal.

El derecho a la ciudad surge como respuesta al proceso agresivo de urbanización capitalista que asaltó nuestras ciudades –en América Latina, en general, especialmente a partir de los años 40’–, convirtiéndolas en centros específicos de producción, acumulación y consumo de los excedentes del modelo dominante de producción. La ciudad fue se convirtiendo cada vez más en un espacio privilegiado: núcleo político, administrativo, económico y social. Lugar de consumo y consumo de lugar, donde el capital excedente realiza sus inversiones en servicios y equipamientos urbanos especializados. Lugar donde el valor de cambio se impone al uso y al valor de uso.

La urbanización capitalista atiende a una lógica de clase y el espacio poco a poco va se tornando cada vez más jerarquizado y segregado, con la tomada de los centros de las ciudades y de las zonas valoradas por la elite local. Los pobres y marginados urbanos, cada vez más marginalizados, fueron siendo desplazados a las “periferias inmediatas”. Son los “desposeídos de la ciudad” de que habla Lefebvre.

Y desplazados físicamente de la ciudad, según el sociólogo francés, los “pobres urbanos” son también desposeídos de la vida y consciencia urbana y de la propia capacidad creadora de la ciudad. El derecho a la ciudad en su amplitud, es entonces restricto a un grupo selecto de ciudadanos privilegiados.

Sin embargo, la crisis urbana transciende el contexto francés de los años 60’ y alcanza un nivel planetario. Desde Europa hacia Asia, la urbanización capitalista tiende a crear ciudades cada vez más segregadas y desiguales, volcadas a un proyecto de clase específico.

El derecho a la ciudad nace entonces, al mismo tiempo, como una queja y una demanda a fin de transformar y renovar la vida en la ciudad capitalista. Una queja a la crisis de la vida cotidiana; y una reivindicación por una vida urbana alternativa, menos alienada y más gozosa, aunque conflictiva y dialéctica. Porque según Lefebvre la conflictividad hace parte de la propia vida urbana (Harvey, 2013:6).

El derecho a la ciudad, o el derecho a la vida urbana, es pues un llamamiento al retorno de la vida en la ciudad y a la construcción de una otra urbe. De una urbe más justa, humana, equitativa, lugar de los encuentros, de lo urbano como valor de uso, del uso pleno y entero de estos momentos y lugares, lugar construido por y para sus ciudadanos.

Es decir que el derecho a la ciudad es una potencial herramienta no solo para la superación de las problemáticas urbanas específicas, sino para la radical transformación de la vida en la ciudad y de la propia realidad social. El derecho a la ciudad es el motor, el combustible de la Revolución Urbana de los ciudadanos, que según Lefebvre y después apoyado por David Harvey, debe ser esencialmente anticapitalista.

La construcción de otra ciudad posible debe pasar inevitablemente por el cuestionamiento del propio sistema económico vigente y de las ideologías dominantes, si no las trasformaciones quedarán en la superficie de las “reformas”. Es decir que pensar en la lucha por una otra ciudad es también pensar en otro sistema político, económico y social posible. Y, más, siguiendo al proyecto socialista de Marx, el proyecto de transformación de la vida urbana también debe ser global, transbordando las fronteras de las ciudades en su individualidad. De este modo, el derecho a la ciudad es un llamamiento mundial a la revolución social, que según Lefebvre debe ser urbana.

Para Harvey, la Revolución Urbana ciudadana es la respuesta que se necesita para revertir la Revolución del Capital. Sin embrago, los movimientos deben desbordar la mirada de sus demandas particulares y acercarse de otras resistencias a través de una demanda mayor y colectiva que los une: el combate al modelo dominante de producción. Solo así, a partir de un carácter más revolucionario y a través de la unicidad de los movimientos sociales urbanos, la Revolución Urbana ciudadana y la construcción de otra ciudad y de otra urbanización si tornará posible. ¡Sí, es posible!

No es por acaso que levantes se den actualmente, y simultáneamente, en distintas partes del mundo. No importa que se luche por el espacio público en Estambul; por viviendas en Nueva York; por el transporte público en São Paulo, o por la educación gratuita en Chile. Finalmente son manifestaciones que demuestran el descontentamiento con la vida en nuestras ciudades. Son luchas contra el proceso capitalista global de urbanización, que aísla la ciudad de sus habitantes. Y es fundamental que los movimientos sociales urbanos se den cuenta de eso, a fin de hacer la tan esperada Revolución Urbana y la transformación social.

Vivimos un momento en que también la protesta es global. Es hora de globalizar la lucha. Y por lo tanto, hago coro a Harvey: “¡ciudadanos urbanos del mundo, uníos!”

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